“Estamos muy contentos con ellos. No molestan, dan sus paseos, y gastan mucho dinero, como cualquier turista”. Lo dice en alemán elemental, aprendido durante los tres años que trabajó en una cadena de manufacturas en Stuttgart y gastado con el paso del tiempo.
La señora utiliza su gran sonrisa plástica, idéntica para todos los clientes de la pensión, como punto y seguido en la conversación. “Además, a veces vienen sus mujeres. Suelen dormir aquí, donde estais vosotros.” Sonríe, señalando con el brazo derecho al piso sobre nuestras cabezas. Regenta una pensión que ocupa las 2ª y 3ª plantas de un edificio totalmente reconstruido tras la guerra. La 1ª planta es la vivienda familiar, donde viven ella y su marido, venidos de pueblos cercanos a Mostar hace varias decadas. En el salón, decorado con varias virgenes de porcelana y plástico y tapetes de todo tipo, hay una gran televisión panorámica, al estilo de los bares donde se reunen hinchas de equipos futbolísticos a ver los partidos de pago. De fondo, sin volumen, una telenovela sudamericana, con subtítulos en bosnio.
“Lo vereis los próximos días. Ahora no hay muchos, pero les vereis paseando por la ciudad, seguro”. Preguntamos cúantos soldados quedan. Los tres compañeros que estabamos viajando teníamos en mente cifras parecidas, a juzgar por nuestras miradas incrédulas al escuchar la respuesta. “Ya os dije que pocos, unos 2.000”. Dos mil soldados extranjeros en una ciudad con cuerpo de policia propio, efectivos del ejército nacional y que no llega a los 100.000 habitantes.
Durante la guerra, la UNPROFOR, fuerza de paz de las Naciones Unidas que inicialmente estaba destinada a Croacia, amplió su campo de actuación a Bosnia – Herzegovina. Más tarde, una vez firmados los acuerdos de Dayton en noviembre del 1995, la OTAn tomó el relevo, y en el 2004, siguiendo el calendario establecido, la Unión Europea desplegó sus tropas en sustitución de las de la organización atlántica.
El primer día, las banderitas pintadas en la matrícula del todoterreno, las hombreras de las camisas, son lo único que nos permite diferenciar si estamos junto a personas francesas, alemanas, italianas o españolas. Pero la vista se va acostumbrando. Los alemanes son los más parcos, apenas los distingue nada. Las tropas españolas llevan banderitas españolas ondeando en algún rincón de la carrocería, y conducen algo más rápido, confiados. A los italianos es facil distinguirlos: todoterrenos azules de techo blanco, siempre en formación de varios vehículos, furgonetas con dos o tres ocupantes. El macabro juego paisajístico se asimila en dos días y aburre al cuarto; es comprensible la indiferencia tras quince años de presencia.
Aún así, nos fuimos de Mostar sin ver soldados turistas. Los pocos que vimos parar en la ciudad -las bases están a 10 km.- caminaban relajados, pagaban al hombre que vigilaba el aparcamiento. Pero no eran turistas. El uniforme, las botas, el contínuo movimiento, marcan una barrera infranqueable.
Dos días más tarde, en Sarajevo, un autobús blanco con la bandera de la Unión Europea paraba frente a la Biblioteca Nacional, corazón del Stari Grad, parte antigua de la ciudad. De él salian, risueños y despreocupados, unos cuarenta hombres con una pequeña bandera alemana en el hombro izquierdo. Muchos, la mayoría, corren a la primera terraza y piden una Ozjusko, la cerveza croata. Bromean y fuman. Tres soldados algo mayores, oficiales de rango mayor -los delatan sus gorras- pasean junto al río. Se paran en el primer puente, buscan la posición adecuada. Apuntan, y disparan.
Salta el flash, la cámara debe estar estropeada. Ninguno va armado.