2006-02-07

¡¡ Descubren el paraíso !!

(Artículo escrito en castellano)

Hoy ha saltado a primera plana en todos los medios de comunicación una noticia de tono muy diferente a las tragedias normalizadas y culebrones de media tinta a los que nos tienen acostumbrados.

Han descubierto lo más similar al Edén, dicen; un lugar nunca antes pisado por el ser humano, donde los animales no temen la presencia humana y existen especies nunca antes vistas. La exclusiva ha venido de mano de la BBC, pero en pocas horas casi todos los medios principales se hacen eco.
Si yo hubiese llegado a ese lugar, habría conjugado en uno solo el acto más egoista y el más samaritano de la historia. Después de recorrerlo tranquilamente, tras haber dejado que aves del paraíso sin miedo se posaran en mis hombros,
después de haber cerrado los ojos y memorizado cada uno de los sonidos, una vez que mis ojos hubiesen captado todos los colores, habría regresado por el mismo camino y dicho a mi patrocinador “lo siento, nos equivocamos, no había nada nuevo, solo muchas sanguijuelas”.

El Paraiso solo lo es hasta que deja de serlo. Los humanos sabemos mucho de eso. Las comunidades indígenas del Alto Amazonas eran el paraíso hasta que los occidentales llegamos con medicinas de blancos para curar enfermedades de blancos, erigiendonos además en salvadores de patrias no requeridas. Las llanuras del África subsahariana eran paraíso hasta que la polvora empezó a cebar el aire y los enclosures a ganar terreno al elefante. Las selvas de Gabón, Guinea, eran paraíso hasta que el petroleo nos llevo a los chupopteros del norte a destrozarlo todo. Machu Picchu era paraíso, hasta el día en que llegó Peru Rail. La planicie yucateca era paraíso hasta que se extendieron las carreteras y desbrozamos la maleza en busca de templos que el tiempo quiso y supo ocultar.
Todos esos lugares y muchos más eran paraíso hasta que alguien,, movido por su sed de conocimiento, por bolsillos tintineantes o por torpe ignorancia decidió que dejarían de ser paraíso para ser ejemplos de paraíso en cualquier enciclopedia del pasado.

Los humanos, cada día estoy más seguro, somos el mayor parásito que ha habitado la tierra. La única diferencia entre nosotros y el resto de parásitos, es que nuestra capacidad inventiva -me niego a llamarlo intelecto- es muy superior al del resto, y durante mucho tiempo hemos sido capacces de elastizar los recursos y eludir nuestro propio destino. Un economista llamado Ester Boserup opina que la presión humana sobre los recursos nos hace afinar la cabeza y desarrollar increibles mecanismos que permitan aprovechar mejor dichos recursos, pudiendo continuar así durante un tiempo más en esta alocada carrera llamada supervivencia.
Considero que tiene razón, pero hasta cierto punto. Los recursos no son infinitos, y aunque potencialmente pudieran llegar a serlo, la inteligencia humana no lo es.

Dicen que se ha descubierto un nuevo paraíso, yo sentencio que hoy asistimos a la defunción del Paraíso. Ese remoto lugar de la Nueva Guinea indonesa pasará primero por las manos de científicos más o menos cuidadosos, más tarde se abrirá al apetito voráz de turistas con pocas neuronas, botas de mucha suela y desperdicios a tutiplen. El gobierno indonesio, en colaboración con alguna organización reputada, creará entonces un plan de desarrollo sostenible. Pero ayer, ese lugar sin nombre no necesitaba plan alguno. Sabía guiarse a sí mismo.

La historia se repite una y otra vez, hasta que ya no tengamos con que repetirla.


Alambradas construidas con odio, en cualquier lugar

La envidia es universal, y me temo, eterna. Parece que todos los sentimientos positivos -felicidad, amor, cariño, amistad – están abocados a la condena de lo efímero, a morir etéreamente, y solo lo negativo pervive. Parece que odiar fuese un comportamiento innato, un germen que está latente y una vez conocido, resulta adictivo.

Malos días hubo y peores vendrán; ha llegado un punto en el que, la única forma de poder dormir bien por las noches, es no mirar de las ventanas hacia fuera y quedarse simplemente con los detalles que hacen de la rutina un gran dulce pastel.