Una noche a la puerta de San Quintin
Se ha tumbado tranquilamente en el colchón dentro de la caja verde clara, metálica. No ha llorado, tampoco hubo grandes aspavientos. Ha tenido mucho tiempo en la carcel, demasiado, para preparle la bienvenida a la muerte.
Afuera, el silencio más doloroso taladra los oidos. Hay algunas cruces blancas hechas de madera fina mirando hacia el cielo, y el sonido más fuerte que se puede escuchar corresponde al roce entre dos de ellas. Son muchas horas con la cruz en la mano, hacia arriba, y las fuerzas no dan para mucho.
Estamos en California, en el que en los 60 fuera paraiso de la juventud; love, peace y freedom se abrieron paso desde aquí, tuvieron aquí su corazón. Hoy no hay ganas de cantar o motivo para sonreir.
Tookie se ha arrepentido. Nacido en Nueva Orleans, su infancia y adolescencia transcurrieron en Los Angeles, y creó la pandilla "Crips", archiconocida en los Estados Unidos. Le acusaron de cuatro asesinatos, pero no los asumió. Pese a que aceptarlo hubiese supuesto una probable reducción de pena, "no se puede aceptar lo que no se ha hecho", según él. Pero se ha arrepentido, ha escrito varios libros para niños, libros contra la violencia. Fue candidato al Nobel de Literatura y ocho veces al Nobel de la Paz. Pocos han hecho algo en favor de la paz en estos tiempos de violencia generalizada. Tookie sí.
No volverá a desayunar. Ha sentido el ruido de la puerta que se cierra por última vez, la sensación de los dedos al tocarse unos con otros. Le han pinchado tres veces en el brazo: la primera al cerebro, para que se duerma, la segunda a los pulmones y la tercera parando el corazón.
Mañana lo sacarán tumbado por esta puerta. La gente que está en la puerta ha comenzado a marcharse, mientras que Joan Baez canta la canción "Swing Low, Sweet Chariot", patrimonio de los esclavos negros del siglo XIX. En una papelera se puede ver un cartel que dice "State murder" (Asesinato de Estado). No sé si los responsables de este asesinato lo pagarán alguna vez, y si, llegado el momento, querrán que se utilicen con ellos las mismas reglas. Nadie sabe. Aquí a todos les gustaría saber.
Hay una joven entre dos velas, parece mexicana. "¿Recuerdas a Schwarzenegger cuando hacia de policia que se infiltraba en una guardería? Pues ahora tambien enseña. Enseña injusticia." El cartel apoyado en sus rodillas dice eso.
PEro esta vez no nos encontramos en una película, y al finalizar no habrá posibilidad de rebobinar con apretar un simple botón.
El actor Sean Penn, uno de los muchos que se han reunido a las puertas de la prisión de San Quintin (Foto: AP)



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